¿ESTÁS
GRABANDO?
Ana García
Un perro salta de la fresca
penumbra al infierno de otro mediodía abrasador. Es un perrucho callejero,
flaco, lleno de pulgas, pequeño y sucio. Sería difícil atreverse a decir de qué
color es. A los pocos metros, el perrillo se gira, hace una graciosa cabriola y
espera meneando el rabo a que alguien le siga. Su perseguidor no se hace de
rogar y sale al descampado, bajo los rayos verticales del sol. Es un niño de
corta edad, va descalzo y mal vestido con unos pocos harapos. No puede evitar
guiñar los ojos ante el cegador contraste de luz. Su piel es muy morena, tiene
el pelo revuelto y está, igual que el perro, cubierto de polvo y suciedad de varios
días. Cuando logra abrir los ojos, ve al perrillo, juguetón, y abre la boca en una
sonrisa picarona. Le faltan dos dientes. Cuando el perrillo sale corriendo, él
no puede evitar reír con la misma carcajada que salpicaría los juegos de
cualquier niño del mundo. Arranca a correr tras el chucho.
Lo alcanza a
los pocos metros, en mitad de un campo de escombros, entre las ruinas de lo que
parece que fueron casas. Niño y perro ruedan por el suelo entre ladridos
alegres y risas infantiles. Cuando la euforia va pasando, el niño se levanta,
sacudiéndose el roto pantalón corto y ve brillar, tras el perro, algo metálico.
Se acerca despacio, ladeando la cabeza curioso. Alarga una mano hacia lo que
parece la pieza de alguna maquinaria moderna. Ya imagina los nuevos juegos que
le depara el descubrimiento, cuando a su espalda, escucha unos gritos de alerta
que le hacen dar un respingo. El niño no puede evitar retroceder asustado. Un
hombre alto, vestido con un chilab árabe, se acerca a él a grandes zancadas,
gritando y manoteando en el aire. El hombre lo aparta del artefacto de un
empellón. Aquel nuevo juguete lo habría despedazado al primer contacto. Es una
bomba racimo, de las muchas que quedan a las afueras de Bagdad después de esta
guerra que, se supone, acaba de terminar.
María termina
de leer el artículo y cierra el periódico.
- ¿Qué te
parece, Andrés?
Andrés es un
muchacho joven, con barba de más de tres días, que, sentado frente a ella en el
vestíbulo de un hotel de lujo venido a menos, limpia con detenimiento la lente
de su cámara de televisión.
- Bien. Aunque,
a lo mejor, le has echado un poco de imaginación, ¿no? -responde sin ocultar
cierta ironía.
- Son licencias
literarias. Pero he respetado los hechos –protesta María. La información es
veraz, y muy buena. Y no lo digo sólo porque lo haya escrito yo –añade coqueta.
María es
morena, delgada y flexible. Viste con vaqueros y una camisa de cuadros. Tiene
el pelo recogido en una coleta y una sonrisa abierta y sincera.
- Es bueno
–concede Andrés y, mientras se levanta, sugiere-: Podríamos acercarnos por
allí, a ver si hay algo nuevo. No tenemos nada todavía para el informativo de
hoy.
- Ya saldrá
algo, hombre de poca fe. Vamos si quieres, pero ya habrán desactivado la bomba.
La descubrieron hace seis días.
Resuelta,
guarda algunos cables, un micrófono y una libreta en su mochila, se la cuelga y
sale detrás de su compañero, que carga con la cámara.
Aparcan el
destartalado jeep cerca de las ruinas. María va detrás, Andrés en el asiento
delantero y un hombre árabe al volante. Desde el coche pueden ver brillar al
sol la bomba en mitad de un montón de escombros.
- ¡Dios mío!
Todavía está ahí. ¡Es increíble! –exclama la periodista con los ojos abiertos
por el asombro y una nube de miedo cruzando su rostro.
- Mira, allí
hay un hombre. Vamos a preguntarle si aún no ha venido ningún soldado por aquí.
–Y Andrés baja, cargando su material de trabajo.
- Yo no bajo
–lacónico y con fuerte acento árabe, el hombre repite su negativa aferrándose
al volante –: Yo no bajo.
Andrés da media
vuelta, rodeando el jeep, y abre la puerta del conductor con gesto intimidante.
- Claro que
bajas, no te jode. ¿O piensas traducir lo que yo diga desde aquí?
- Yo me voy.
- De eso nada,
tú vienes con nosotros a hablar con aquel o no cobras.
- Sé lo que
hace una bomba racimo. En barrio de mi madre tiraron una y destrozaron todo.
Cuando explota, lanza pequeñas bombas que alcanzan todo, nadie salva. Yo me
voy.
- Vamos, Yusuf
–interviene María, conciliadora-. Mientras estemos aquí, no permitiremos que
nadie se acerque a la bomba y ella sola no va a explotar, ¿no?
Desarmada su
argumentación, el guía sigue a los periodistas sin ningún convencimiento.
Parece a punto de echarse a correr en cualquier momento. Dan un largo rodeo
alrededor del artefacto pero, antes de llegar a la altura del hombre, que está
recostado a la sombra de unos restos de muro, éste se levanta y se dirige hacia
ellos hablando en tono amenazador y haciéndoles gestos con los brazos para que
paren.
Se detienen en
la mitad del descampado y, sólo cuando el hombre llega hasta su posición, ven
que va armado con un fusil de corto alcance. María retrocede un paso, sabe que
a los árabes no les gusta tratar en un primer momento con mujeres, y menos
europeas. Andrés, con gesto tranquilo, saca un paquete de tabaco rubio y le
ofrece un cigarrillo al hombre.
- Pregúntale
por qué está la bomba todavía ahí.
Yusuf habla en
árabe con el hombre, al que se le va alterando cada vez más la voz.
- Dice no saben
quién avisar, un niño encontró hace días y ellos vigilan para que nadie haga
explotar. Entre vecinos hicieron turnos guardia. Y dice que jefes barrio
pensaban acordonar zona pero no tienen con qué.
- Pregúntale si
no ha pasado ninguna patrulla americana por aquí en seis días. Es imposible que
no hayan inspeccionado esta zona desde que terminó el ataque.
El miliciano
bagdadí ha mirado con desconfianza a María mientras ésta hablaba pero, cuando
Yusuf traduce la pregunta, le devuelve una mirada de respeto mientras responde.
- Dice que sí,
que primer día pasó tanque y hace tres días dos patrullas de reconocimiento,
una americana y otra inglesa. Consiguieron hablar con jefe americano y dijo que
volverían día siguiente, cuando la zona estuviera asegurada.
- ¡Mierda!
¿Cómo pueden ser tan...? –María baja la cabeza, entre indignada y avergonzada-
¿Cuánta gente vive entre las ruinas de este poblado?
Yusuf pregunta
y el otro hombre responde, disponiéndose ya a regresar a su puesto de
vigilancia.
- Antes, casi
400; después bombardeo poco más 100.
- Yusuf, dile
que vamos a intentar ayudarles para que les envíen un equipo de desactivación
cuanto antes.
El guía tiene
ya que levantar la voz porque el hombre se aleja. Sin volverse, levanta una
mano en agradecimiento por la promesa.
- Voy a grabar
algún plano –dice Andrés, mientras comienza a trabajar con la cámara al hombro.
- Date prisa
–María no oculta su nerviosismo-. Quiero volver a Bagdad a ver qué se puede
hacer.
Delante de la
puerta del hotel espera ya Yusuf al volante del jeep, cuando María y Andrés
salen cargados con el equipo. Yusuf baja a ayudarlos.
- Muchas cosas;
hoy importante, ¿eh? –curiosea el guía.
- Vas a
convertirte en un experto en televisión, Yusuf. Anda, toma –Andrés carga
trípode, baterías, focos, una mochila con cintas y, por supuesto, su
inseparable cámara.
- ¿Luces?
–pregunta burlón Yusuf al ver los focos- ¿Poca luz sol?
- No te pases de
listo, es por si se nos hace de noche. La imagen de hoy no nos la podemos
perder por nada –explica el cámara.
- Pues si no te
la quieres perder, date prisa –presiona su compañera subiendo al todoterreno.-
Dijeron que estarían allí en una hora y los británicos suelen ser puntuales.
El jeep levanta
un remolino de polvo al frenar a unos metros de la plaza de escombros. Antes de
bajarse, los dos periodistas perciben ya que algo grave pasa. Varios hombres
chillan, haciendo muchos aspavientos, a cierta distancia del artefacto. Una
mujer llora a gritos tirando con fuerza de un niño. Es el niño árabe que
descubrió la bomba y que María tomó como protagonista de su artículo.
Andrés ya ha
bajado del vehículo, con la cámara al hombro y va acercándose. María carga con
algunas cosas y le sigue a los pocos minutos. El cámara se ha instalado a
escasa distancia del lugar maldito, parapetado detrás de unos escombros. Está
grabando. Cuando María consigue centrar su atención en el punto al que se
dirige el objetivo, apenas es capaz de reprimir un grito de angustia.
- ¡Joder! ¡Como
ese perro toque la puta bomba vamos a salir todos volando!
Los hombres
siguen gritando en árabe. La mujer está casi histérica. Con los nervios pierde
fuerza y el niño consigue desasirse. Corre hacia el centro del descampado
dejando a sus espaldas a la mujer a punto de perder la consciencia. Los hombres
la sujetan para que no caiga y se la llevan, casi en volandas, a protegerse
detrás de unas ruinas.
El niño se ha
quedado solo en mitad del descampado. Varias decenas de ojos y el objetivo de
una cámara están pendientes de sus movimientos. El pequeño deja de correr para
avanzar despacio en dirección al perro, que sigue olisqueando el artefacto.
- ¿Estás
grabando?
- Tranquila,
tengo el cuadro perfecto.
María mira a su
compañero. Está guiñando el ojo izquierdo y, salvo por los tendones de la mano
derecha que sujeta la cámara, está relajado. La periodista no puede evitar
asombrarse de la sangre fría de su técnico. “Ojalá yo también pudiera ver esto
sólo a través de ese objetivo”. Pero no, ella tiene que mirar la realidad de
frente y hoy esa realidad supera el temple de sus nervios.
El niño está ya
a dos pasos del perro y... de la bomba. Se pone de cuclillas. Extiende la mano
y llama al perro. ¡Sonríe! A la española los ojos se le llenan de lágrimas. El
aire se queda estancado. La tensión ha cuajado y se vuelve insoportable. El
niño avanza, de cuclillas, un paso más, llama al perro, otro paso... Todo el
mundo contiene la respiración. María se tapa la boca con una mano temblorosa.
Tiene todos los músculos agarrotados. De repente, el pequeño lanza un silbidito
rápido y el perro se gira, lo mira y, de un salto juguetón, se planta en los
brazos del niño.
Todo ha
terminado. La tarde se hincha con un suspiro de alivio. De detrás de las ruinas
sale la mujer que había estado a punto de desmayarse y se abalanza sobre el
muchacho. Lo llena de besos y le acaricia la cabeza. Al poco, el descampado
aparece abarrotado de hombres y mujeres que salen de entre los escombros, de
rincones imposibles. Todos se abrazan. Parece un día de fiesta.
María se vuelve
hacia Andrés. Ella también es incapaz de disimular su alegría. Cuando su
compañero se quita el visor de la cara, le abraza. El gesto le ha salido
espontáneamente y no le importa notar la rigidez y la incomodidad del joven
reportero de guerra. Ella también tiene derecho a alegrarse de estar viva. Pero
el abrazo sólo dura unos segundos porque Andrés la aparta suavemente y se
levanta, oteando el horizonte. María piensa, instintivamente, en un perro de
presa.
- Mira quién
viene ahora: los británicos –dice el gráfico, y añade en tono jocoso-:
Puntuales, como tú dijiste.
María se
incorpora rápidamente, inquieta. Vuelve a ser la periodista valiente y
despierta de siempre.
- ¿Te quedará
cinta suficiente?
- No hay
problema –contesta el cámara, tras comprobarlo de un vistazo experto.
- Pues,
enchúfame el micro, que voy a hacer un ‘in situ’ con el tanque acercándose por
detrás.
Él se prepara y
María espera su señal con la expresión reconcentrada, sujetando el micrófono
con fuerza. Andrés comienza a grabar con un primer plano del tanque en
movimiento. Cuando la panorámica llega a María, el cámara baja el brazo
izquierdo, que le queda libre, y ella comienza a hablar mientras el carro de combate
pasa por detrás.
- Casi dos
semanas. Ése es el tiempo que llevan un centenar de vecinos de las afueras de
Bagdad conviviendo con una bomba racimo. Hace un minuto un perro casi la hace
explotar. Ha tenido que salvarnos a todos un niño de unos seis años. La unidad
de artificieros británicos no ha tenido tiempo de venir… hasta ahora.
- Vale,
perfecto.
- Bien, voy a
llamar a la tele desde el coche para contarles lo que tenemos.
- Y que cuenten
con imágenes de la desactivación. Desde aquí me saldrán bien.
Andrés se queda
esperando a los artificieros mientras María se aleja hacia el coche. Está
cansada. La tensión le ha destrozado los nervios. Tarda sólo unos minutos pero
cuando regresa ya la bomba está desactivada. Se nota en el ambiente festivo.
Ahora la plaza de escombros está llena de gente. Todos están aliviados de no
tener que seguir viviendo a tan poca distancia de la destrucción. Los soldados
disfrutan con el agradecimiento de la gente y remolonean para escuchar
felicitaciones y vítores.
María llega a la
posición de Andrés justo a tiempo de indicarle una escena digna de ser grabada:
el artificiero que ha desactivado la bomba le revuelve el pelo al niño que les
acaba de salvar la vida. Están tan cerca que pueden escuchar perfectamente cómo
el soldado, ignorante de la proeza del pequeño, le pide reconocimiento por el
trabajo que acaba de hacer.
- What should
you have to say now? Don’t you say thanks to me? (¿Qué deberías decir? ¿No me
das las gracias?) –pregunta con una ancha sonrisa de anuncio de pasta dentrífica.
El niño se
encoge de hombros y, antes de dar media vuelta, le responde.
- It was yours
(Era vuestra).
Y se aleja,
dejando al soldado con la sonrisa congelada en la cara.
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