LA HUÍDA
La primera detonación se produjo en torno a las cinco de
la madrugada. Un estruendo súbito e inesperado se oyó en Arcatao. Me levanté
azorada e instintivamente miré hacia el lugar donde los niños descansaban. Ya
no quedaba ninguno sobre sus jergones, todos estaban arremolinados junto a la
ventana. A pesar de que el ruido de estallidos, descargas y tiroteos parecía
aproximarse como un demonio a punto de engullir a toda la aldea, el sigilo con
el que se veía a la gente cargar sus cachivaches para huir parecía un réquiem
aprendido. En décimas de segundo, una nueva y enorme deflagración desató el
pánico. Nadie nos había advertido de que las incursiones del ejército pudieran
seguir, aun después de haberse iniciado la mesa de negociación.
Me volví
hacia mi izquierda. Maialen, de apenas nueve meses, inexplicablemente seguía
dormida; la recogí en su sabanita y la eché sobre mi espalda, anudándome la
tela según me habían enseñado las mujeres arcagüenses. Con voz titubeante
apremié a los chiquillos para que me siguieran. Imposible olvidar esa docena de
ojos mirándome. Parecían esperar ansiosamente el telón que cerrase la obra
trágica, atroz, escalofriante, que una y otra vez se volvía a representar ante
ellos: La Guerra.
Nos
hallábamos a pocos kilómetros de la frontera. Si caminábamos por el bosque y
cruzábamos el río hasta llegar a un poblado limítrofe, al que llamaban La
Virtud, en Honduras, estaríamos a salvo. Cuando año y medio atrás llegué a
Arcatao, a través de un proyecto de cooperación internacional, los que aquí
llevaban tiempo y se disponían a regresar a su país me dijeron: “En esta zona
todo el que tiene un arma, combate. Los uniformados del otro lado colaboran con
las Fuerzas Armadas en la captura de guerrilleros, y éstos, a su vez, cuentan
con apoyos a lo largo de toda la franja fronteriza. Un huido visible es un
huido muerto”.
El lugar en el que nos encontrábamos
era, tras once años de conflicto bélico, un pueblo fantasma en el que tan sólo
permanecían los menores de doce años, las mujeres y unos cuantos hombres
tullidos. Todos los demás, o estaban muertos, o luchaban con la guerrilla. Como
una ráfaga vinieron a mi mente las instrucciones que el Padre Igarza nos solía
dar con frecuencia: “Nunca andéis dispersos, nunca miréis hacia atrás, nunca
avancéis sin la esperanza de un refugio”.
Así es como las familias marchaban de sus
casas, una y otra vez, de éxodo en éxodo, o como ellos preferían decir: “De
guinda en guinda”. Todos intentando escapar del horror. Y yo entre ellos.
Y conmigo
seis criaturas más.
Estella-Lizarra,
14 de marzo de 1.991
Koldo…
Ambos sabemos que
las escenas vividas en casa las últimas tres semanas han sido duras. No quiero
con esta carta incrementar desasosiegos y emociones adversas, sólo quiero tener
contigo unas palabras, lo más amables posibles, hasta mi regreso; en que
podremos hablar largo y tendido.
Nadie tiene la
culpa de lo sucedido, tú menos que nadie. A veces, para cuando la vida nos muestra
de golpe el precipicio creado entre dos caminos; la brecha es insondable y no
se puede salvar. Lo siento. Tengo que encontrar a Alberto, el hombre del que,
como ya sabes, me he enamorado pues debo darle una noticia importante
personalmente.
Ayer noche estuve
hablando con Edurne, nuestra querida hija. Parece que acepta mi partida. Me
sorprendió la madurez con la que hablamos las dos. Se nos ha hecho una
mujercita casi sin darnos cuenta. Sé que estarás pendiente de ella y de sus
estudios.
Todavía no sé con
certeza en qué parte de Centroamérica estaré ubicada. Creo que él está en El
Salvador realizando labores de aprovisionamiento en los pueblos masacrados por
la guerra.
Adiós.
Puy
---
“Tú no puedes volver atrás/ porque la vida ya
te empuja/ como un aullido interminable”. Nunca volver hacia atrás. Nunca mirar
atrás. Correr, seguir, correr… Los versos que Alberto solía tomar prestados a
Goytisolo para ilustrar sus pensamientos, sus divagaciones, sus caricias,
siempre me resultaron conmovedores. Pero esta vez se cernían sobre mí como un
eco hiriente e inacabable, arremetiendo sobre mi cabeza y obligándome a
reaccionar inmediatamente.
Al salir
del albergue infantil la estampa era desoladora: el ejército avanzaba ya casa
por casa. Los helicópteros, a los que llamaban “armagedón”, los UH-1H/M,
escupían bombas sin cesar por caminos, cerros y quebradas, sirviendo de apoyo a
los militares de a pie. Los terrenos que rodeaban el pueblo ardían asemejándose
a un infierno con forma de anillo insidioso, que nos iba atrapando para
devorarnos. La orden a acatar durante los enfrentamientos más crudos era la de
“tierra arrasada”. Y en aquel momento también parecía cumplirse a rajatabla.
Muchas veces los campesinos me habían hablado de ese brutal mandato y de las
zonas donde se había perpetrado. Nada podía quedar vivo: ni cultivos, ni
animales, ni personas.
El desarraigo de la guerra no entiende de la
fuerza de la sangre; los ancianos se quedaban apoyados en la fachada de adobe
de sus casas, donde la metralla había dibujado la imagen de un espanto, del que
ellos ya formaban parte; los hombres que habían sido confidentes, deambulaban
desnudos por las calles, mostrando las cicatrices de las torturas por las que
habían traicionado a hermanos e hijos, y en su frente sólo cabía la bala que
les librara de tantas pesadillas; los niños se aferraban a los brazos de sus
madres y hermanas mayores, como pidiendo de forma angustiosa asirse a otro
mundo, a otra realidad.
Maialen
había roto a llorar desconsoladamente. Me cercioré, una vez más, de que estaba
bien sujeta y de un vistazo comprobé que no faltaba ninguno de los huérfanos a
mi cargo. Una nueva andanada de disparos hizo que echáramos a correr
despavoridos, siguiendo al grupo que se dirigía al Cerro Grande. La tropa de
asalto daba alcance a mujeres sin resuello. No las veíamos: la mirada atrás,
jamás. Pero era imposible que nuestros oídos permanecieran impávidos ante el
terror y como si de una revuelta de los sentidos se tratase, éstos nos hacían
ver, tocar, oler y escuchar los alaridos de las jóvenes y niñas que eran
vejadas salvajemente. Los soldados se revolcaban sobre ellas dispuestos a
violarlas, pero sin dejar de acribillar las espaldas de los que huíamos. Todo
ello a la vez, como queriendo asesinar dos veces en un mismo instante.
Durante
la huida, muchos resbalaban, caían y volvían a erguirse con un gesto rabioso de
desespero. Los fardos, con los pocos enseres que habían recogido, eran portados
en las cabezas hasta que terminaban rodando por la ladera. Nada importaba: ni
los víveres, ni los aperos, ni el mañana. Ninguna mísera pertenencia.
Sólo la huida. Nada más.
Diario de Campo
Arcatao,
14 de abril de 1.991
“A horcajadas los parimos y a
horcajadas nos los matan”. El primer parto que he atendido hoy en el
dispensario, me ha dejado esta frase grabada con cincel en el frontal de la
mente. María, de cuarenta y tres años, ha traído al mundo a su noveno hijo.
Cuatro de ellos están ya muertos debido a enfermedades fácilmente tratables en
mi pueblo. Sin embargo, aquí, en Arcatao, una pulmonía o un tifus son un certificado
de defunción en forma de virus. Los otros cuatro –me contó-:“Luchaban por su
país contra el ejército del país”. Cuando le he acercado a su recién nacido
para recostarlo sobre el pecho, ambas llorábamos; ella abrazando a su hijo en
un intento de retener la ilusión de una nueva vida; yo, a su lado, no pudiendo
contener el coraje que me lleva a renegar ante la posibilidad de que aquel
pequeño muera en La Otra Gran Guerra. En esa otra guerra llamada Hambre, cuyos
combatientes están pertrechados de desidia e indiferencia.
Hay mortajas que no se
hacen con hilo de lino. La mortaja del Hambre se teje con un mutismo sepulcral,
con la obstinada intención de obviar el sufrimiento del que nada tiene.
Cantidades ingentes de mortajas para esa guerra salen de nuestra próspera
sociedad; de ésa donde los televisores muestran muchachos escarbando en
vertederos de basura, junto a anuncios de créditos instantáneos, a la vez que,
por la parte inferior de la pantalla, circula el número de teléfono al que
llamar si se desea escuchar la voz de una Lolita caliente.
Mañana viajaré hasta Nueva Trinidad para preguntar por Alberto.
---
Cuando
llegamos al Cerro Grande nos percatamos de que estábamos entre dos fuegos. Los
guerrilleros, apostados en la ladera oeste, cerca del desfiladero que lleva al
río, disparaban a todo lo que se movía. Los soldados avanzaban con sus fusiles
M-16 al hombro, siendo cubiertos por unidades de combate aéreo que bombardeaban
las posiciones rebeldes sin remisión. A nuestro lado la gente caía muerta entre
gritos de pavor. Las granadas de mano eran lanzadas desde ambos flancos, en una
rítmica cadencia, que nos hacía dar enormes zancadas, como si estuviésemos
inmersos en una danza maldita que a unos rozaba y a otros mataba. Éramos más de
trescientas almas corriendo exhaustas hacia el desfiladero del río con el firme
empeño de atravesarlo para salvarnos. Nunca creí en más milagros que los de la
voluntad humana para subsistir y esta huida era la prueba irrefutable que
avalaba mi credo: la vida es lo que importa.
René,
Félix, Mario, Olga, Pablo y yo, con la pequeña Maialen, agachados, con los
cuerpos a ras de tierra, hincando pies y manos, intentábamos rebasar la línea
de fuego. Justo delante de nosotros una explosión sacudió la tierra con
violencia inusitada; cuando se disipó la gran nube de humo y polvo que había
generado, nos topamos con un amasijo de cuerpos inertes, a los que se había
barrido de la existencia a golpe de munición pesada. No nos quedaba otra
opción: había que ponerse a refugio.
Los tatús
son cuevas artificiales excavadas bajo tierra que la guerrilla utilizaba en
épocas de máximo recrudecimiento de la contienda. Ahora se hallaban
prácticamente abandonados, pero en tiempos habían sido nido de insurrecciones,
almacenes de armas, lugares de tortura y secuestro y hasta improvisada vivienda
para supervivientes. Esta vez, el tatú que encontramos era la esperanza de
poder seguir con vida. Entramos en el escondrijo casi sin respiración, a cuatro
patas y con las caras pegadas al terreno, hozando como animales en busca de un
último hálito. Nos recogimos al fondo de la guarida, disponiéndonos a esperar una pausa en el ataque; desaté los
nudos del cuello y de la cintura para poder coger a Maialen y acunarla un poco;
había llorado tanto que yacía transida en mi regazo; amontonados, todos juntos,
formando un único cuerpo, la mirábamos como si fuera una promesa de paz,
temblando bajo un alba enrojecida que anunciaba más plegarias irredentas.
Diario
de Campo
Tejutla,
14 de junio de 1.991
El amor y la supervivencia son los dos impulsos más fuertes y
pertinaces en el ser humano. El primero es una locura ciega que nos lleva a
sentirnos poseedores de una oportunidad para trascender, de ser pequeños dioses
cautivando tramos de felicidad. El segundo, nos hace aferrarnos a la tierra y a
su dolor, en medio de la incertidumbre ante lo desconocido. Siempre me pregunté
cómo se debe sentir una al morir amando, al aunar en un mismo trance la
eclosión de sentimientos inconmensurables hacia otro y la sensación de pérdida
de vida; pero presiento que ambos instintos tienen tanto en común, que amar es
sobrevivir y morir dejar de hacerlo.
Hoy he estado de nuevo visitando el contingente que reparte ayuda
humanitaria cerca de Nueva Trinidad. Nadie sabe gran cosa sobre el paradero de
Alberto; unos dicen que se unió a la guerrilla; otros que fue visto en Costa
Rica, tras dejar su ONG sin aviso previo. Siempre la misma pregunta: “Busco a
Alberto Mauleón ¿saben dónde se encuentra?”. Ninguna respuesta. Ninguna
certeza. Ningún rastro. Nada.
Empiezo a notar mucho el cansancio acumulado; dormir en la parte
trasera del jeep no sólo es peligroso, sino que me impide una buena
recuperación y me levanto mareada. Voy a dejar de hacer kilómetros y quedarme
en Arcatao de forma permanente. Allí me necesitan. Tengo que empezar a comer y
a cuidarme más, no puedo seguir en este estado de dejadez.
Mañana me haré cargo del dispensario y desistiré de mi búsqueda.
---
La luz
del amanecer trajo consigo una aparente calma; de rodillas me acerqué hasta la
entrada del tatú para asomarme al exterior; ningún olor, ningún sonido, nada a
la vista: sólo una Browning 9 mm clavada en mi sien.
Los tres guerrilleros que nos habían
descubierto me ordenaron salir y ponerme en pie. El que me apuntaba con la
pistola comenzó a sobarme obsesivamente, jugueteando con el gatillo; por un
instante creí que moriría sintiendo el tacto repugnante de ese hombre
recorriéndome el cuerpo; tocó mis senos como si fueran ubres de loba herida y
me mantuvo la mirada desafiante, tanto que, en varias ocasiones, se llevó la
manga a la cara para limpiarse la abundante saliva que manaba de su boca. Los
otros dos sacaron a los niños del refugio; a todos menos a Maialen. Pude ver
cómo les ataban las muñecas y les golpeaban por oponer resistencia; cómo chillaban
acongojados, cómo los tiraban al suelo y les amarraban unos a otros; cómo
pisaban sus gaznates contra la tierra que les vio nacer.
De
pronto, el que me encañonaba, agarró mis cabellos y tiró de ellos hasta hacerme
doblar la columna, me llevó a empujones hasta un árbol de mango contra el que
logró aprisionarme; con golpes secos del cañón en la nuca me obligó a agacharme
de espaldas a él; amartilló el percutor e hizo que me encorvara; en medio de la
náusea noté como su mano libre hurgaba en mi entrepierna mientras bajaba la
cremallera del pantalón gritando: “Sucia gringa, sucia gringa…”. Comencé a
sacudir con rabia mi cabeza contra el tronco; sólo ese dolor propio y
deliberado, podría hacerme perder el conocimiento ante un acto que presagiaba
crudo y cruento. Fue entonces cuando otro de los guerrilleros, el más joven,
que ya había comenzado a descender, volvió sobre sus pasos y al llegar hasta
nosotros puso su fusil entre los dos cuerpos y masculló: “Ella es navarra y
está en Arcatao de cooperante, déjala”. Miré hacia arriba y reconocí los ojos
azules de aquel muchacho. Sólo unos segundos más estuve consciente, los
suficientes como para atormentarme de por vida, sabiendo que los huérfanos de
Arcatao iban río abajo, para ser carne de guerrilla. Luego un fuerte golpe
asestado con una culata me envió a un universo oscuro, donde no existía la
piedad del olvido.
Ni la clemencia de la fe.
Ni el alivio de la inconsciencia.
Diario
de Campo
Arcatao,
23 de abril de 1.992
Lorca no ha muerto.
Vive tapiado en la escuela de Arcatao. Y Borges, Julio Cortázar,
Roque Dalton, Xabier Lete y Juan Rulfo también. Todos ellos están emparedados;
proscritos y atrapados entre la argamasa de la tapia que rodea el patio, en el
que juegan los muchachos.
La Guardia Nacional ha entrado en la aulas para inspeccionar lo
que allí se enseñaba pero, como ya había sucedido en otras aldeas, ante la
negativa de los docentes a colaborar, arremetieron contra todo: pizarras,
pupitres, mapas y cartabones…; todo menos los libros de la biblioteca.
Paloma, la maestra, previendo la entrada de los efectivos para
estas fechas, ha invertido dos meses en construir una tapia durante el recreo,
donde esconder a los autores para que no los quemen. Y Ficciones, La casa de
Bernarda Alba, Rayuela, El llano en llamas y El turno del ofendido parecen
estar a salvo, aunque encerrados, por
ahora, entre cal y arena.
Paloma vino con uno de sus alumnos, que es lo que aquí llaman
“chelito”; es decir, de piel blanca y ojos azules, algo poco común en esta
comarca; mientras yo le escayolaba el brazo, estuvo canturreando para que
Maialen se durmiese. “Tiene tus mismos ojos miel, inacabables”-me dijo-, y en
ese instante recordé a mi aitona, cuando haciendo versos nos explicaba que la
poesía era la literatura de los pobres: “Porque el que no tiene papel para
escribir, memoriza y el que no tiene para leer, recita”. Miguel, a sus trece
años, construye estrofas en la inmensidad de sus ojos y las lanza al aire en
espera de que el viento las tome; es su manera de liberar la Cultura.
Algún día este Diario de Campo que me mantiene cuerda pasará
también a formar parte de cualquier pared en este dispensario, macerándose
hasta que otra generación lo retome para la memoria colectiva.
---
Un llanto
desgarrador me despertó junto al desfiladero del río: era Maialen. No había
muerto. Estaba ahí y estaba viva. Me arrastré como pude por el interior de la
cueva hasta que toqué sus fríos piececitos. Mi pecho hubiera estallado en el
siguiente latido de no llegar a tenerla cerca de nuevo.
Las
lágrimas que derramé en ese momento podían haber llenado el río de sal, hasta
convertirlo en mi querido Cantábrico, sin embargo éste bajaba tintado de rojo.
De rojo muerte.
Ya había
sucedido en otras ocasiones: lo denominaban Operación Pinza. Las aguas tintadas
con la sangre de miles de campesinos, eran
testigos mudos de masacres sin fin. Francotiradores apostados en ambas
orillas acribillaban a balazos a civiles indefensos, que trataban de llegar al
campo de refugiados atravesando el río. Con Maialen en brazos y casi sin
aliento me dispuse a bajar para alcanzar el puente. Al llegar contemplé la extraña
cruz formada en medio de guijarros, musgo y rápidos: dos hileras
perpendiculares de cadáveres yacían bajo la pasarela de cemento; como en un
extraño delirio, aquella visión me pareció una señal anunciando el final de la
huida. Estreché el cuerpecito de Maialen, que balbuceaba levemente, contra el
mío y casi en posición fetal, dando pasos cortos intenté cruzar el puente.
Todo
estaba en silencio, nada se oía, nada; tan sólo el fluir de la corriente, que
quería consolar con su murmullo el lamento de los muertos.
Fue un
único tiro. Aislado y certero. Me entró por el costado izquierdo. Supe por la
trayectoria que el disparo se realizó desde enfrente. Caí de rodillas con la
niña, que comenzó a llorar débilmente; a rastras me dirigí hacia un risco
cercano, sobre él caía una cascada de agua ensangrentada, que traspasé para
hallar escondite. Se sabía desde hace tiempo que los paramilitares del otro
lado nunca dejaban su trabajo a medio hacer y que buscarían el bulto al que
habían disparado. Temblando me acurruqué en cuclillas, apoyándome en la piedra.
Maialen tenía los ojos cerrados y gemía entrecortadamente; me desabroché la
blusa y acerqué el pecho a su boquita. Comenzó a mamar sin apenas fuerzas. Al
momento, sentí que unos pasos se aproximaban: eran dos hombres. Uno le daba
órdenes a otro, pero no conseguí escucharlas con claridad. De repente, casi al
borde del desmayo vi que el rostro de uno de ellos rompía la cortina de agua.
Sumida en un ilusorio letargo pensé que era Alberto y que venía a salvarnos a
mí y a nuestra hija. Pero no era él: la faz que entró en el último resquicio de
mi huida, circundada por un agua sanguinolenta, miró a Maialen, después me
encaró y le gritó a su compañero: “No, aquí no hay nadie”.
San
Salvador, 14 de diciembre de 2.011
Querida hermana:
Primeramente deciros a ti y al aita que vuelvo a Estella el día 24
de diciembre para que celebremos la Navidad juntos. Ya me ayudarás con él
porque tengo que decirle que la próxima vez que retorne acá será para quedarme
definitivamente: estoy fascinada con esta tierra.
Hoy ha sido un día de gran emoción. No te puedes imaginar lo muy
querida que era nuestra amatxo en Arcatao. Tal y como te prometí para tu
cumpleaños he recuperado su Diario de Campo: estaba en la tapia derrumbada del
antiguo dispensario de Arcatao. Y además he escuchado la grabación con el
relato de los hechos que le tomaron en el campo de refugiados cuando llegó
contigo en brazos antes de morir. No te entristezcas Maialen, nuestra madre
fue, es y será una superviviente. Esa cinta formará parte del Informe de la
Comisión de la Verdad y tenemos que estar muy orgullosas de ello. Además te
tengo una noticia: he visitado el río donde le dispararon. Sus riberas están
llenas de flores y cerca del puente hay una placa (algo corroída, todo hay que
decirlo) en la que pone:
“Risco en Memoria de Puy
Arroniz, cooperante navarra fallecida el 24 de diciembre de 1992, junto a más
de 300 víctimas y única testigo que relató la masacre del río Sumpul. No os
olvidamos”.
Algún día cuando vengas a tu otro país la veremos juntas. Te
quiero.
Cuida mucho del aita, pues ya empieza a tener achaques. Ahora que
yo me he independizado te necesita más que nunca y ambas sabemos que eres la
niña de sus ojos, desde que te vio por primera vez en Estella con diez
mesecitos, cuando te llevaron los de la embajada.
Un beso grande para ti y para el aitatxo. Nos vemos pronto.
Edurne
Barasoain Arróniz
Dedicado a los jesuitas y a las dos mujeres
que murieron durante la guerra de El Salvador en la Universidad Centroamericana
de El Salvador UCA.
Para
ellas. Para ellos.
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