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2012 Premio Castellano: LA HUÍDA

 

LA HUÍDA

Autora: Fátima Frutos

 

 

La primera detonación se produjo en torno a las cinco de la madrugada. Un estruendo súbito e inesperado se oyó en Arcatao. Me levanté azorada e instintivamente miré hacia el lugar donde los niños descansaban. Ya no quedaba ninguno sobre sus jergones, todos estaban arremolinados junto a la ventana. A pesar de que el ruido de estallidos, descargas y tiroteos parecía aproximarse como un demonio a punto de engullir a toda la aldea, el sigilo con el que se veía a la gente cargar sus cachivaches para huir parecía un réquiem aprendido. En décimas de segundo, una nueva y enorme deflagración desató el pánico. Nadie nos había advertido de que las incursiones del ejército pudieran seguir, aun después de haberse iniciado la mesa de negociación.

Me volví hacia mi izquierda. Maialen, de apenas nueve meses, inexplicablemente seguía dormida; la recogí en su sabanita y la eché sobre mi espalda, anudándome la tela según me habían enseñado las mujeres arcagüenses. Con voz titubeante apremié a los chiquillos para que me siguieran. Imposible olvidar esa docena de ojos mirándome. Parecían esperar ansiosamente el telón que cerrase la obra trágica, atroz, escalofriante, que una y otra vez se volvía a representar ante ellos: La Guerra.

Nos hallábamos a pocos kilómetros de la frontera. Si caminábamos por el bosque y cruzábamos el río hasta llegar a un poblado limítrofe, al que llamaban La Virtud, en Honduras, estaríamos a salvo. Cuando año y medio atrás llegué a Arcatao, a través de un proyecto de cooperación internacional, los que aquí llevaban tiempo y se disponían a regresar a su país me dijeron: “En esta zona todo el que tiene un arma, combate. Los uniformados del otro lado colaboran con las Fuerzas Armadas en la captura de guerrilleros, y éstos, a su vez, cuentan con apoyos a lo largo de toda la franja fronteriza. Un huido visible es un huido muerto”.

            El lugar en el que nos encontrábamos era, tras once años de conflicto bélico, un pueblo fantasma en el que tan sólo permanecían los menores de doce años, las mujeres y unos cuantos hombres tullidos. Todos los demás, o estaban muertos, o luchaban con la guerrilla. Como una ráfaga vinieron a mi mente las instrucciones que el Padre Igarza nos solía dar con frecuencia: “Nunca andéis dispersos, nunca miréis hacia atrás, nunca avancéis sin la esperanza de un refugio”.

 Así es como las familias marchaban de sus casas, una y otra vez, de éxodo en éxodo, o como ellos preferían decir: “De guinda en guinda”. Todos intentando escapar del horror. Y yo entre ellos.

Y conmigo seis criaturas más.

 

                                           Estella-Lizarra, 14 de marzo de 1.991

            Koldo…

 

            Ambos sabemos que las escenas vividas en casa las últimas tres semanas han sido duras. No quiero con esta carta incrementar desasosiegos y emociones adversas, sólo quiero tener contigo unas palabras, lo más amables posibles, hasta mi regreso; en que podremos hablar largo y tendido.

            Nadie tiene la culpa de lo sucedido, tú menos que nadie. A veces, para cuando la vida nos muestra de golpe el precipicio creado entre dos caminos; la brecha es insondable y no se puede salvar. Lo siento. Tengo que encontrar a Alberto, el hombre del que, como ya sabes, me he enamorado pues debo darle una noticia importante personalmente.

            Ayer noche estuve hablando con Edurne, nuestra querida hija. Parece que acepta mi partida. Me sorprendió la madurez con la que hablamos las dos. Se nos ha hecho una mujercita casi sin darnos cuenta. Sé que estarás pendiente de ella y de sus estudios.

            Todavía no sé con certeza en qué parte de Centroamérica estaré ubicada. Creo que él está en El Salvador realizando labores de aprovisionamiento en los pueblos masacrados por la guerra.

            Adiós.

Puy

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 “Tú no puedes volver atrás/ porque la vida ya te empuja/ como un aullido interminable”. Nunca volver hacia atrás. Nunca mirar atrás. Correr, seguir, correr… Los versos que Alberto solía tomar prestados a Goytisolo para ilustrar sus pensamientos, sus divagaciones, sus caricias, siempre me resultaron conmovedores. Pero esta vez se cernían sobre mí como un eco hiriente e inacabable, arremetiendo sobre mi cabeza y obligándome a reaccionar inmediatamente.

Al salir del albergue infantil la estampa era desoladora: el ejército avanzaba ya casa por casa. Los helicópteros, a los que llamaban “armagedón”, los UH-1H/M, escupían bombas sin cesar por caminos, cerros y quebradas, sirviendo de apoyo a los militares de a pie. Los terrenos que rodeaban el pueblo ardían asemejándose a un infierno con forma de anillo insidioso, que nos iba atrapando para devorarnos. La orden a acatar durante los enfrentamientos más crudos era la de “tierra arrasada”. Y en aquel momento también parecía cumplirse a rajatabla. Muchas veces los campesinos me habían hablado de ese brutal mandato y de las zonas donde se había perpetrado. Nada podía quedar vivo: ni cultivos, ni animales, ni personas.

 El desarraigo de la guerra no entiende de la fuerza de la sangre; los ancianos se quedaban apoyados en la fachada de adobe de sus casas, donde la metralla había dibujado la imagen de un espanto, del que ellos ya formaban parte; los hombres que habían sido confidentes, deambulaban desnudos por las calles, mostrando las cicatrices de las torturas por las que habían traicionado a hermanos e hijos, y en su frente sólo cabía la bala que les librara de tantas pesadillas; los niños se aferraban a los brazos de sus madres y hermanas mayores, como pidiendo de forma angustiosa asirse a otro mundo, a otra realidad.

Maialen había roto a llorar desconsoladamente. Me cercioré, una vez más, de que estaba bien sujeta y de un vistazo comprobé que no faltaba ninguno de los huérfanos a mi cargo. Una nueva andanada de disparos hizo que echáramos a correr despavoridos, siguiendo al grupo que se dirigía al Cerro Grande. La tropa de asalto daba alcance a mujeres sin resuello. No las veíamos: la mirada atrás, jamás. Pero era imposible que nuestros oídos permanecieran impávidos ante el terror y como si de una revuelta de los sentidos se tratase, éstos nos hacían ver, tocar, oler y escuchar los alaridos de las jóvenes y niñas que eran vejadas salvajemente. Los soldados se revolcaban sobre ellas dispuestos a violarlas, pero sin dejar de acribillar las espaldas de los que huíamos. Todo ello a la vez, como queriendo asesinar dos veces en un mismo instante.

Durante la huida, muchos resbalaban, caían y volvían a erguirse con un gesto rabioso de desespero. Los fardos, con los pocos enseres que habían recogido, eran portados en las cabezas hasta que terminaban rodando por la ladera. Nada importaba: ni los víveres, ni los aperos, ni el mañana. Ninguna mísera pertenencia.

 Sólo la huida. Nada más.

 

 

Diario de Campo

Arcatao, 14 de abril de 1.991

 “A horcajadas los parimos y a horcajadas nos los matan”. El primer parto que he atendido hoy en el dispensario, me ha dejado esta frase grabada con cincel en el frontal de la mente. María, de cuarenta y tres años, ha traído al mundo a su noveno hijo. Cuatro de ellos están ya muertos debido a enfermedades fácilmente tratables en mi pueblo. Sin embargo, aquí, en Arcatao, una pulmonía o un tifus son un certificado de defunción en forma de virus. Los otros cuatro –me contó-:“Luchaban por su país contra el ejército del país”. Cuando le he acercado a su recién nacido para recostarlo sobre el pecho, ambas llorábamos; ella abrazando a su hijo en un intento de retener la ilusión de una nueva vida; yo, a su lado, no pudiendo contener el coraje que me lleva a renegar ante la posibilidad de que aquel pequeño muera en La Otra Gran Guerra. En esa otra guerra llamada Hambre, cuyos combatientes están pertrechados de desidia e indiferencia.

 Hay mortajas que no se hacen con hilo de lino. La mortaja del Hambre se teje con un mutismo sepulcral, con la obstinada intención de obviar el sufrimiento del que nada tiene. Cantidades ingentes de mortajas para esa guerra salen de nuestra próspera sociedad; de ésa donde los televisores muestran muchachos escarbando en vertederos de basura, junto a anuncios de créditos instantáneos, a la vez que, por la parte inferior de la pantalla, circula el número de teléfono al que llamar si se desea escuchar la voz de una Lolita caliente.

Mañana viajaré hasta Nueva Trinidad para preguntar por Alberto.

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Cuando llegamos al Cerro Grande nos percatamos de que estábamos entre dos fuegos. Los guerrilleros, apostados en la ladera oeste, cerca del desfiladero que lleva al río, disparaban a todo lo que se movía. Los soldados avanzaban con sus fusiles M-16 al hombro, siendo cubiertos por unidades de combate aéreo que bombardeaban las posiciones rebeldes sin remisión. A nuestro lado la gente caía muerta entre gritos de pavor. Las granadas de mano eran lanzadas desde ambos flancos, en una rítmica cadencia, que nos hacía dar enormes zancadas, como si estuviésemos inmersos en una danza maldita que a unos rozaba y a otros mataba. Éramos más de trescientas almas corriendo exhaustas hacia el desfiladero del río con el firme empeño de atravesarlo para salvarnos. Nunca creí en más milagros que los de la voluntad humana para subsistir y esta huida era la prueba irrefutable que avalaba mi credo: la vida es lo que importa.

René, Félix, Mario, Olga, Pablo y yo, con la pequeña Maialen, agachados, con los cuerpos a ras de tierra, hincando pies y manos, intentábamos rebasar la línea de fuego. Justo delante de nosotros una explosión sacudió la tierra con violencia inusitada; cuando se disipó la gran nube de humo y polvo que había generado, nos topamos con un amasijo de cuerpos inertes, a los que se había barrido de la existencia a golpe de munición pesada. No nos quedaba otra opción: había que ponerse a refugio.

Los tatús son cuevas artificiales excavadas bajo tierra que la guerrilla utilizaba en épocas de máximo recrudecimiento de la contienda. Ahora se hallaban prácticamente abandonados, pero en tiempos habían sido nido de insurrecciones, almacenes de armas, lugares de tortura y secuestro y hasta improvisada vivienda para supervivientes. Esta vez, el tatú que encontramos era la esperanza de poder seguir con vida. Entramos en el escondrijo casi sin respiración, a cuatro patas y con las caras pegadas al terreno, hozando como animales en busca de un último hálito. Nos recogimos al fondo de la guarida, disponiéndonos  a esperar una pausa en el ataque; desaté los nudos del cuello y de la cintura para poder coger a Maialen y acunarla un poco; había llorado tanto que yacía transida en mi regazo; amontonados, todos juntos, formando un único cuerpo, la mirábamos como si fuera una promesa de paz, temblando bajo un alba enrojecida que anunciaba más plegarias irredentas.

 

Diario de Campo

Tejutla, 14 de junio de 1.991

El amor y la supervivencia son los dos impulsos más fuertes y pertinaces en el ser humano. El primero es una locura ciega que nos lleva a sentirnos poseedores de una oportunidad para trascender, de ser pequeños dioses cautivando tramos de felicidad. El segundo, nos hace aferrarnos a la tierra y a su dolor, en medio de la incertidumbre ante lo desconocido. Siempre me pregunté cómo se debe sentir una al morir amando, al aunar en un mismo trance la eclosión de sentimientos inconmensurables hacia otro y la sensación de pérdida de vida; pero presiento que ambos instintos tienen tanto en común, que amar es sobrevivir y morir dejar de hacerlo.

Hoy he estado de nuevo visitando el contingente que reparte ayuda humanitaria cerca de Nueva Trinidad. Nadie sabe gran cosa sobre el paradero de Alberto; unos dicen que se unió a la guerrilla; otros que fue visto en Costa Rica, tras dejar su ONG sin aviso previo. Siempre la misma pregunta: “Busco a Alberto Mauleón ¿saben dónde se encuentra?”. Ninguna respuesta. Ninguna certeza. Ningún rastro. Nada.

Empiezo a notar mucho el cansancio acumulado; dormir en la parte trasera del jeep no sólo es peligroso, sino que me impide una buena recuperación y me levanto mareada. Voy a dejar de hacer kilómetros y quedarme en Arcatao de forma permanente. Allí me necesitan. Tengo que empezar a comer y a cuidarme más, no puedo seguir en este estado de dejadez.

Mañana me haré cargo del dispensario y desistiré de mi búsqueda.

---

La luz del amanecer trajo consigo una aparente calma; de rodillas me acerqué hasta la entrada del tatú para asomarme al exterior; ningún olor, ningún sonido, nada a la vista: sólo una Browning 9 mm clavada en mi sien.

 Los tres guerrilleros que nos habían descubierto me ordenaron salir y ponerme en pie. El que me apuntaba con la pistola comenzó a sobarme obsesivamente, jugueteando con el gatillo; por un instante creí que moriría sintiendo el tacto repugnante de ese hombre recorriéndome el cuerpo; tocó mis senos como si fueran ubres de loba herida y me mantuvo la mirada desafiante, tanto que, en varias ocasiones, se llevó la manga a la cara para limpiarse la abundante saliva que manaba de su boca. Los otros dos sacaron a los niños del refugio; a todos menos a Maialen. Pude ver cómo les ataban las muñecas y les golpeaban por oponer resistencia; cómo chillaban acongojados, cómo los tiraban al suelo y les amarraban unos a otros; cómo pisaban sus gaznates contra la tierra que les vio nacer.

De pronto, el que me encañonaba, agarró mis cabellos y tiró de ellos hasta hacerme doblar la columna, me llevó a empujones hasta un árbol de mango contra el que logró aprisionarme; con golpes secos del cañón en la nuca me obligó a agacharme de espaldas a él; amartilló el percutor e hizo que me encorvara; en medio de la náusea noté como su mano libre hurgaba en mi entrepierna mientras bajaba la cremallera del pantalón gritando: “Sucia gringa, sucia gringa…”. Comencé a sacudir con rabia mi cabeza contra el tronco; sólo ese dolor propio y deliberado, podría hacerme perder el conocimiento ante un acto que presagiaba crudo y cruento. Fue entonces cuando otro de los guerrilleros, el más joven, que ya había comenzado a descender, volvió sobre sus pasos y al llegar hasta nosotros puso su fusil entre los dos cuerpos y masculló: “Ella es navarra y está en Arcatao de cooperante, déjala”. Miré hacia arriba y reconocí los ojos azules de aquel muchacho. Sólo unos segundos más estuve consciente, los suficientes como para atormentarme de por vida, sabiendo que los huérfanos de Arcatao iban río abajo, para ser carne de guerrilla. Luego un fuerte golpe asestado con una culata me envió a un universo oscuro, donde no existía la piedad del olvido.

 Ni la clemencia de la fe.

 Ni el alivio de la inconsciencia.

 

Diario de Campo

Arcatao, 23 de abril de 1.992

 

Lorca no ha muerto.

Vive tapiado en la escuela de Arcatao. Y Borges, Julio Cortázar, Roque Dalton, Xabier Lete y Juan Rulfo también. Todos ellos están emparedados; proscritos y atrapados entre la argamasa de la tapia que rodea el patio, en el que juegan los muchachos.

La Guardia Nacional ha entrado en la aulas para inspeccionar lo que allí se enseñaba pero, como ya había sucedido en otras aldeas, ante la negativa de los docentes a colaborar, arremetieron contra todo: pizarras, pupitres, mapas y cartabones…; todo menos los libros de la biblioteca.

Paloma, la maestra, previendo la entrada de los efectivos para estas fechas, ha invertido dos meses en construir una tapia durante el recreo, donde esconder a los autores para que no los quemen. Y Ficciones, La casa de Bernarda Alba, Rayuela, El llano en llamas y El turno del ofendido parecen estar a salvo, aunque encerrados,  por ahora, entre cal y arena.

Paloma vino con uno de sus alumnos, que es lo que aquí llaman “chelito”; es decir, de piel blanca y ojos azules, algo poco común en esta comarca; mientras yo le escayolaba el brazo, estuvo canturreando para que Maialen se durmiese. “Tiene tus mismos ojos miel, inacabables”-me dijo-, y en ese instante recordé a mi aitona, cuando haciendo versos nos explicaba que la poesía era la literatura de los pobres: “Porque el que no tiene papel para escribir, memoriza y el que no tiene para leer, recita”. Miguel, a sus trece años, construye estrofas en la inmensidad de sus ojos y las lanza al aire en espera de que el viento las tome; es su manera de liberar la Cultura.

Algún día este Diario de Campo que me mantiene cuerda pasará también a formar parte de cualquier pared en este dispensario, macerándose hasta que otra generación lo retome para la memoria colectiva.

---

 

 

Un llanto desgarrador me despertó junto al desfiladero del río: era Maialen. No había muerto. Estaba ahí y estaba viva. Me arrastré como pude por el interior de la cueva hasta que toqué sus fríos piececitos. Mi pecho hubiera estallado en el siguiente latido de no llegar a tenerla cerca de nuevo.

Las lágrimas que derramé en ese momento podían haber llenado el río de sal, hasta convertirlo en mi querido Cantábrico, sin embargo éste bajaba tintado de rojo. De rojo muerte.

Ya había sucedido en otras ocasiones: lo denominaban Operación Pinza. Las aguas tintadas con la sangre de miles de campesinos, eran  testigos mudos de masacres sin fin. Francotiradores apostados en ambas orillas acribillaban a balazos a civiles indefensos, que trataban de llegar al campo de refugiados atravesando el río. Con Maialen en brazos y casi sin aliento me dispuse a bajar para alcanzar el puente. Al llegar contemplé la extraña cruz formada en medio de guijarros, musgo y rápidos: dos hileras perpendiculares de cadáveres yacían bajo la pasarela de cemento; como en un extraño delirio, aquella visión me pareció una señal anunciando el final de la huida. Estreché el cuerpecito de Maialen, que balbuceaba levemente, contra el mío y casi en posición fetal, dando pasos cortos intenté cruzar el puente.

Todo estaba en silencio, nada se oía, nada; tan sólo el fluir de la corriente, que quería consolar con su murmullo el lamento de los muertos.

Fue un único tiro. Aislado y certero. Me entró por el costado izquierdo. Supe por la trayectoria que el disparo se realizó desde enfrente. Caí de rodillas con la niña, que comenzó a llorar débilmente; a rastras me dirigí hacia un risco cercano, sobre él caía una cascada de agua ensangrentada, que traspasé para hallar escondite. Se sabía desde hace tiempo que los paramilitares del otro lado nunca dejaban su trabajo a medio hacer y que buscarían el bulto al que habían disparado. Temblando me acurruqué en cuclillas, apoyándome en la piedra. Maialen tenía los ojos cerrados y gemía entrecortadamente; me desabroché la blusa y acerqué el pecho a su boquita. Comenzó a mamar sin apenas fuerzas. Al momento, sentí que unos pasos se aproximaban: eran dos hombres. Uno le daba órdenes a otro, pero no conseguí escucharlas con claridad. De repente, casi al borde del desmayo vi que el rostro de uno de ellos rompía la cortina de agua. Sumida en un ilusorio letargo pensé que era Alberto y que venía a salvarnos a mí y a nuestra hija. Pero no era él: la faz que entró en el último resquicio de mi huida, circundada por un agua sanguinolenta, miró a Maialen, después me encaró y le gritó a su compañero: “No, aquí no hay nadie”.

 

 

San Salvador, 14 de diciembre de 2.011

Querida hermana:

Primeramente deciros a ti y al aita que vuelvo a Estella el día 24 de diciembre para que celebremos la Navidad juntos. Ya me ayudarás con él porque tengo que decirle que la próxima vez que retorne acá será para quedarme definitivamente: estoy fascinada con esta tierra.

Hoy ha sido un día de gran emoción. No te puedes imaginar lo muy querida que era nuestra amatxo en Arcatao. Tal y como te prometí para tu cumpleaños he recuperado su Diario de Campo: estaba en la tapia derrumbada del antiguo dispensario de Arcatao. Y además he escuchado la grabación con el relato de los hechos que le tomaron en el campo de refugiados cuando llegó contigo en brazos antes de morir. No te entristezcas Maialen, nuestra madre fue, es y será una superviviente. Esa cinta formará parte del Informe de la Comisión de la Verdad y tenemos que estar muy orgullosas de ello. Además te tengo una noticia: he visitado el río donde le dispararon. Sus riberas están llenas de flores y cerca del puente hay una placa (algo corroída, todo hay que decirlo) en la que pone:   

 “Risco en Memoria de Puy Arroniz, cooperante navarra fallecida el 24 de diciembre de 1992, junto a más de 300 víctimas y única testigo que relató la masacre del río Sumpul. No os olvidamos”.

Algún día cuando vengas a tu otro país la veremos juntas. Te quiero.

Cuida mucho del aita, pues ya empieza a tener achaques. Ahora que yo me he independizado te necesita más que nunca y ambas sabemos que eres la niña de sus ojos, desde que te vio por primera vez en Estella con diez mesecitos, cuando te llevaron los de la embajada.

Un beso grande para ti y para el aitatxo. Nos vemos pronto.

Edurne Barasoain Arróniz

 

 

 

 

 

 Dedicado a los jesuitas y a las dos mujeres que murieron durante la guerra de El Salvador en la Universidad Centroamericana de El Salvador UCA.

 

Para ellas. Para ellos.

 

 

 

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