LA GRABADORA
Aunque vieja y aparentemente sin valor,
aquella libreta contenía para Héctor las últimas páginas – tal vez las más
valiosas – de una colección que le había costado toda una vida reunir.
Exactamente 40 años de su vida.
La búsqueda se había
tornado en algo cada vez más complicado.
Al principio, de chaval la
caza tenía ese punto de comezón aventurero que le bullía insidioso en el
interior instándole a no dejar tema sin atender. Todo era novedad. Cada
espécimen era completamente distinto del otro. Todo incertidumbre. Todo
imprevisibilidad.
Luego, con la madurez había
llegado la especialización: la búsqueda del detalle o de la característica que
convertía a la presa en única. Como una edición limitada o exclusiva. Esto era
más difícil de hallar, requería tiempo: días o incluso varias semanas de
infructuoso trabajo. Frustrante en bastantes ocasiones aunque al final, siempre
terminaba surgiendo la pieza clave que le permitía pasar página. Lo mejor de
esta época lo constituyó el acto de aprehender el laborioso arte de la
paciencia. La espera cauta. El cazador sereno.
Ahora que de nuevo disponía
de tiempo tras la jubilación, la afición había resurgido en su ser con nuevas
energías. Pero además de la ilusión de los primeros tiempos atesoraba en su
memoria la experiencia suficiente como para saber dónde y cuándo salir a
recolectar, de manera que pudiera hallar las historias más bellas de entre
aquellas ocultas en el cotidiano caos de la ciudad.
Sólo debía apostarse con su
libreta en algún rincón tranquilo, afinar el oído y aguardar. Cualquier sitio
era un buen coto; todos los lugares tenían su aquel: supermercados, cafeterías,
tabernas, ascensores, parques e incluso la propia calle constituían veda
abierta a la captura. Cada punto urbano con sus peculiaridades pero todos ellos
increíblemente gratificantes.
Hoy había encontrado una
presa particularmente interesante…
-
Pero… ¿y entonces como sube? – el niño jugueteaba con los muñecos de plástico
sobre la mesa de madera. Les lanzaba alguna que otra mirada pero estaba más
pendiente de la respuesta a su pregunta que de cualquier otro asunto que
ocurriera a su alrededor.
-
Bueno… veamos. Intentaré explicártelo: quedamos en que las gotas de lluvia
caídas ya estaban dentro de la tierra, ¿no? – el que contestaba era un hombre
mayor (seguramente su abuelo por la edad) sentado justo enfrente del chaval –
Entonces las raíces… ¿te acuerdas de cómo eran? Te las enseñé el otro día en la
huerta. ¿Recuerdas que tenían unos pelitos? Pues esos pelitos cogen las gotas y
cuando están dentro del árbol las ramas las suben hacia arriba… como cuando tía
Juana te da zumo de merienda y tú te lo bebes con pajita. Cuando sorbes… ¿a que
sube el zumo rápido hasta tu boca? Pues el árbol igual: bebe por su interior y como
las gotas van todas unidas suben juntas hasta arriba. Y así las hojas tienen
agua y pueden crecer. Y el árbol también se hace más grande…
-
Pero… Si en invierno llueve más… ¿por qué entonces no hay hojas? – volvió a
insistir el zagal.
-
Bueno, eso es porque…
Héctor redactaba con
rapidez todo lo que oía, el lápiz volaba raudo de una línea a la siguiente.
Nunca había captado una conversación así: un hombre anciano intentando explicar
de manera asequible a su – seguramente – nieto el misterio de la vida que se
desarrollaba en el interior de una planta. El complejísimo fenómeno de la
capilaridad vegetal relatado tal que un imaginativo cuento en el que las gotas
eran diminutas ánimas que dotaban de vida al árbol.
Aquel material era
extremadamente valioso.
A un lado de la mesa el
anciano; la sabiduría, el origen. Cada palabra con mimo pronunciada, generada
en un área cerebral concreta, deslizada hasta otro área donde sería
intercambiada por un vocablo sinónimo pero compatible para el todavía reducido
vocabulario del niño. Así podría entenderlo.
Al otro lado generacional
el nieto; un potencial de curiosidad en crecimiento, en expansión. Una mente
que todo lo absorbía con avidez. Que quería comprender. Que quería saber.
Tal vez el conjunto de la
cafetería en la que se encontraban siguiera ahí con su caótico ajetreo. Incluso
puede que, durante aquellos instantes, el planeta hubiera rotado ya unas
milésimas de grado pero Héctor se hallaba tan enfrascado en no perder detalle
de la conversación que el resto del universo circundante podría haberse diluido
en la nada más absoluta… como si no existiese nada más allá del sitio en el que
se sentaban el abuelo y su nieto.
Pero de pronto un pequeño
sonido impertinente quebró la magia del momento.
¡Clic!
Héctor levantó levemente la
vista. Miró en derredor…
¡Clic!
Y lo que atisbó le generó
un regusto a bilis en lo hondo del paladar capaz de agriarle el resto de sus
días.
Justo un par de mesas más
allá una mujer de unos 60 ó 70 años se encontraba medianamente agazapada sobre
su humeante café el que, al parecer, todavía no había probado. Parecía absorta
en un punto inconcreto de la calle situado tras la cristalera de la cafetería…
pero sus artríticas manos – aunque de vigorosos dedos – se movían ágiles por
debajo de la mesa sobre su regazo.
¡Clic!
Play ¡Clic! Stop
Una pequeña grabadora con
el diminuto micrófono orientado hacia su zona recogía los sonidos del lugar. O
lo intentaba… a trompicones. Cada vez que alguien cruzaba interponiéndose entre
la mujer y su objetivo ella paraba inmediatamente la grabación reanudándola lo
más velozmente posible en cuanto el terreno quedaba despejado.
¿Pero qué era lo que con
tanta ansia recopilaba aquella anciana?
Héctor recorrió con
detenimiento la invisible línea que unía la vista de la mujer con el objeto de
su estudio. ¡Estaba grabando la misma conversación que con tanto empeño y
dedicación él mismo pretendía salvaguardar! ¡Le robaba descaradamente en su
sagrado quehacer diario, en su homenaje particular a la sabiduría cotidiana!
No supo cómo reaccionar…
Sin saber exactamente que
hacía se levantó cuando la mujer – una hora más tarde de haber entrado – se
dispuso para abandonar el local. La siguió unos pasos por detrás suya sin
perderla de vista. Caminaba como un autómata sin saber realmente lo que
pretendía con esta actitud acosadora. Tan solo se hallaba carcomido por la
rabia; por estar obligado a compartir su arte - el cual creía único - con
aquella mujer anodina e insulsa.
Por todo ello siguió a la
anciana… sin saber con seguridad qué era capaz de hacer después o qué podía
suceder. El aire - una ligera brisa hasta el momento - comenzó a tornarse frío
y ventoso. La tarde daba paso a las primeras sombras nocturnas.
Las actividades cotidianas
de aquella mujer parecían inocentes; habituales de una señora de su hogar. Pero
Héctor estaba seguro que bajo aquella pantomima se ocultaba una monstruosidad,
una arpía, una coleccionista voraz e insaciable que le había arrebatado con
crueldad y malicia uno de sus amados escritos. Secuestrada sin poder huir en el
interior de aquella grabadora, la conversación aguardaba asustada la llegada de
su héroe: un libertador que la rescatara devolviéndola al lugar que le
pertenecía por derecho en la historia; la colección de manuscritos de Héctor.
Finalmente la mujer se
detuvo frente a una vivienda. Revolviendo en el interior de su bolso buscaba al
parecer la llave de entrada. Héctor, sentado como si tal cosa en un banco
cercano, observó el escenario que le rodeaba: edificios de planta única grises
y prefabricados enjaulando un minúsculo parque con un amago de césped bastante
abandonado. No conocía aquella parte de la ciudad pero intuía donde se
encontraba; el antiguo barrio minero.
Pisos idénticos levantados
por doquier en serie para albergar a las gentes que vinieron a trabajar desde
los campos durante el auge industrial de hacía unos años. Habitáculos calcados
unos de otros, edificados bajo un mismo patrón común con lo indispensable para
que una familia se asentara y prolongara allí unos cuantos años de su
existencia. Tras la deslocalización de algunas fábricas, el desalojo de las
exhaustas minas o el retiro paradisiaco de sus dueños todo se había ido
cerrando poco a poco; abandonando a sus obreros ya ancianos con una mísera
jubilación que les permitiera sobrevivir el tiempo que les restaba. Los hijos
ya crecidos - en búsqueda de una mejor calidad de vida - habían emigrado
también a otros trabajos o universidades.
“Un lugar absurdo y
decadente.” - rumiaba Héctor para sí. - “Completamente acorde a una vulgar
ladrona de historias. Es injusto que terminen almacenadas aquí.”
No tuvo que aguardar
demasiado. Tras un rato la anciana volvió a aparecer a la entrada de su
vivienda, la cerró y continuó calle abajo. Para entonces Héctor ya sabía
exactamente lo que debía hacer. Le había dado tiempo de acercarse a una
ferretería, comprar un pequeño soplete y medio esconderlo entre los pliegues de
su gabardina; en el interior. Quedaba un bulto visiblemente sospechoso a
cualquiera pero no parecía haber demasiado movimiento de gente por aquella
zona. En realidad era un plan bien sencillo: forzaría la entrada y acabaría con
la grabadora y cuantas cintas quisiera que tuviese aquella vieja demonio. Y
¿quién sabe? Tal vez quemase algo más como medio de advertencia o escarmiento.
Se fue acercando con
cautela a la vivienda mientras dirigía furtivas miradas a los extremos de la
calle por si aparecía algún transeúnte por sorpresa. Apostado ya frente a su
puerta Héctor comenzó a girar a un lado y otro el pomo dispuesto a
descerrajarlo. Pero justo en ese momento un entrometido vecino salió del
edificio contiguo. Héctor se giró rápidamente. El hombre se le quedó mirando
interrogante pero antes de que comenzase a preguntar Héctor tomó la delantera:
-
Ehhh... Buenas tardes. ¿No está la señora de la casa ahora? Venía por una
subscripción que realizó hace unos meses a la revista … a la revista …
-
Umh... Pues me da a mí que se ha equivocado. - El hombre lo interrumpió antes
de que pudiera terminar de excusarse. - La señora Jacinta no sabe leer...
Tampoco creo que le llegue para revistas o algo así con la pensión. De todas
maneras si quiere puede dejarla recado que yo se lo digo.
Con la tensión del momento
a Héctor le tomó algunos segundos asimilar la información recibida.
-
Ehhh... Vaya. Sí. Debo andar equivocado de dirección. Como todas las calles se
parecen tanto... Debe ser la paralela siguiente.
Héctor se recriminó a sí
mismo la torpeza con la que se estaba expresando. Sólo esperaba que el vecino
no se percatase del deforme bulto que sobresalía bajo el abrigo.
-
Nada hombre.- el vecino parecía tener ganas de conversación.- Tranquilo.
Divertido, por lo que
dedujo como azoramiento de Héctor por haberse equivocado, continuó con el
parloteo decidido a quitarle hierro al asunto.
-
Tampoco le hubieran venido mal las revistas a la señora Jacinta, ¿sabe usted?
Es una mujer que de todo gusta saber. Tan pronto te habla de remedios herbales
como de historia antigua. O sobre las estrellas. O sobre las costumbres de las
tribus del Amazonas. ¡Sí! ¡Sí! Se lo juro. El otro día me estuvo contando que
si la serpiente en la cultura peruana se llamaba tal, que si simbolizaba lo
terrenal…. Yo no sé de donde se inventa
esas historias... ¡pero si ni siquiera tiene televisión! ¡Qué imaginación!
Antes su hijo vivía con ella pero como se ennovió, luego su mujer le propuso...
A partir de ese punto la
disertación del vecino se diluyó en el aire. Los oídos de Héctor solo
apreciaban un balbuceo difuso de fondo. Debía ser el vecino que todavía
continuaba hablándose a sí mismo pero ya no le prestaba atención. Había algo de
lo relatado que le había punzado en lo más hondo. Un interruptor se le
encendió. Saltó un chasquido en su cerebro. Una vacilante llama nació en su
mente avivándose velozmente tal que una fogata prendiendo en ramaje seco.
Más tarde no recordaría
haberse despedido del vecino, haber cruzado la calle y haberse sentado de nuevo
en el banco donde había aguardado horas antes.
Era incapaz de asimilar la
información recibida. Intentaba dotar de orden al ovillo gatuno en el que se
enredaban sus ideas. ¿Vulgar ladrona? No. ¿Taimada arpía? Claro que no. El
discernimiento le había llegado retrasado. La comprensión de la situación se le
había ocultado hasta ese momento aterrada por su ciega rabia. ¡Cómo podía haber
sido tan estúpido! ¡Se trataba de otra recolectora de historias! ¡Como él! La
diferencia estribaba tan sólo en el medio en el cual protegía los relatos. La
letra escrita le estaba vedada pero no la tradición oral. Como siempre se hizo.
Como milenios atrás se había transmitido la sabiduría en el planeta: los cuenta
cuentos, las narraciones animadas, los consejos entre generaciones. Una mujer
que pese a las trabas impuestas desde niña intentaba darle un soplo de
conocimiento a su vida.
Pero… ¿Que era lo que había
estado a punto de acometer? Los ojos se le anegaron en lágrimas. Un sentimiento
de honda pena y arrepentimiento lo descompuso. Más valiente, más abnegada. Una
auténtica coleccionista de historias. ¿Cómo podría subsanar aquel injusto error
de juicio? La solución le sobrevino de golpe y supo exactamente lo que debía
hacer.
Al día siguiente Héctor se
hallaba en la misma cafetería. Junto a él sentado su buen amigo Federico
Esparza; historiador retirado desde hacía unos años de la vida catedrática pero
activo todavía por su cuenta. Héctor se encontraba ansioso e impaciente.
¿Vendría ella? Pasados unos minutos la señora Jacinta apareció ajena al
escrutinio de Héctor y se sentó en el mismo sitio que había ocupado la tarde
anterior.
-
Pero ¿me puedes decir de una vez para qué me has citado aquí? - Federico miraba
confundido a su amigo.
-
Ehhh... Bueno es que supe que habías terminado ese trabajo sobre la
restauración de las antiguas tumbas nubias y pensé que podías contármelo un
poco – balbuceó Héctor mientras intentaba no dirigir una mirada furtiva al
asiento de Jacinta.- ¿Te importa si tomo notas?
-
¿En serio? Vaya... Me siento muy halagado. No todo el mundo se interesa por mi
trabajo. ¡Qué alegría! - Federico se mostraba entre incrédulo a entusiasmado
por la petición.- Pues allá vamos. A ver por dónde empiezo.
Mientras Federico comenzaba
a desgranar hasta el más nimio detalle sobre lo increíblemente reveladores que habían supuesto los nuevos
hallazgos en las tumbas, Héctor aguzó el oído dispuesto a percibir el sonido
que le indicase que en esta ocasión no estaría emboscado como único cazador.
¡Clic!
Tenía una nueva valiente
compañera en el indómito arte de capturar historias. Sintió un hondo hormigueo
de dicha al comprender que ya nunca más estaría solo y una traviesa sonrisa culebreó
en sus labios.
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