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2025 PREMIO CASTELLANO RELATO: Ojos de espiga.

 2025 PREMIO CASTELLANO RELATO: 


OJOS DE ESPIGA  de Lucía Rodríguez González


El mar de espigas se mecía fundiendo su danza, tan suave, en olas sólidas y doradas. Los penachos rubios se alzaban orgullosos ante ella y meneaban sus cabezas, como en un reproche silencioso. La figura de la maestra se desdibujaba lentamente entre los tallos.

Todo el mundo sabía que la niña era parca en palabras; algunos habían olvidado su nombre, y la llamaban “la Ojos de Espiga”. Su respiración, desde que tenía memoria, se había batido al compás de los ciclos interminables del cultivo de cereal. Esa era la eternidad para ellos, los habitantes del pueblo, y los de los pueblos vecinos, y también para los agosteros que llegaban de lejos. Todos tenían la mente de trigo y cebada y de avena, todos temían más los azares de la lluvia y del granizo que a la propia peste. Esos campos eran sus padres y sus hijos. Pero ella, la niña, era huérfana y no tenía hermanos.

La hoz se quejó quedamente cuando la dejó caer. 

 Junto a ella, los zapatos granates, que ahora eran suyos, le parecieron la sangre sobre la tierra. 

- Buenas tardes, Magdalena. La niña paró de segar por un instante. Estaba tan sumida en su tarea, que no había advertido la presencia de la maestra. No respondió. - Ya dimos por acabado el curso, pero había pensado hacer una excursión junto al río, para que aprendáis los árboles y sus hojas, los arbustos, con suerte ver algún animal interesante... Tal vez lo hagamos mañana. Bueno, he pensado que igual te gustaría asistir.

 Tardó en contestar. No se le daban bien las conversaciones, y además se sentía 1 intimidada por aquella mujer, con sus camisas y sus chaquetas y sus vestidos siempre planchados y coloridos, su moño alto y sus palabras tan largas.

- Ya sabe usted que trabajo. 

- Claro, claro, lo entiendo. ¿Desde cuándo estás aquí segando? 

- Desde la víspera de San Antonio. 

- Eso fue hace semanas. ¿Por qué no viniste antes a la escuela? 

- Trabajaba en casa. - ¿En la casa de tu tía? Vives con tu tía, ¿verdad?

Magdalena asintió y dio por zanjado el palique, aferró de nuevo el mango de la hoz con la mano derecha y con la izquierda agarró fuerte otro manojo de espigas. Se disponía a guillotinarlas, pero la maestra no se marchaba, y se sintió incómoda al comprobar que, además, seguía mirándola.

- ¿Te pusieron Magdalena por tu madre? ¿Por tu abuela? 

- No, no sé.

- ¿Por la Biblia, tal vez? ¿Sabes quién era la Magdalena?

La niña miró de reojo a la maestra, sonrojándose imperceptiblemente bajo la tez curtida y la suciedad que la cubría.

- Mi tía me dijo que era una mujer de las que se dan a la vida. 

La mujer soltó una breve carcajada, cantarina, quitándole peso a sus palabras.

- Bueno, sí, eso se dice, pero la moraleja es que uno puede ser perdonado, si se arrepiente, sea lo que sea que haya hecho en el pasado. ¿Lo entiendes?

La niña se encogió de hombros, y se preguntó si no estaría ebria la maestra.

- En fin, voy a dejar que sigas trabajando. El sábado proyectaremos una película, Charlot 2 en la calle de la paz. Creo que te gustará, me alegraría mucho que vinieras.

- Pues es que trabajo. 

- ¿Todo el día? - Magdalena asintió. 

- Vaya… En fin, en ese caso, espero verte pronto por el pueblo. Ya te dejo tranquila. 

Magdalena disfrutaba más con la compañía de los agosteros que con la de cualquier otra alma de por allí. Ella nunca participaba en lo que se decía, pero le gustaba almorzar cerca de ellos y escucharlos hablar, cantar, bromear unos con otros. Algunos eran de pueblos meseteños, generalmente cercanos, pero había al menos diez gallegos, muchos de los cuales solían volver cada año, atraídos por la paga a jornal que ofrecía allí el patrón.

La niña no cobraba en dinero. Sus esfuerzos con la hoz y las alforjas, y más tarde en la era aventando, trillando y cribando, se los pagaba el dueño dándole el pan con el tocino, a veces cecina, un poco de vino para aderezarlo, y algún pedazo de queso de vez en cuando. A ella le gustaba comerlo a su manera: primero hurgaba para sacar una bola de miga, que mojaba con un poco de vino; luego, en su lugar, metía apretado el tocino, preñando de nuevo la corteza. Aunque, normalmente, para la hora de la merienda tenía ya los dedos demasiado agarrotados y doloridos como para desmigajar su ración de pan. En sus manos, si bien tersas de juventud, se cruzaban agolpadas decenas de cicatrices, y tres líneas de callos, tan duros como el cuero, atravesaban la palma de su mano derecha, delatando el uso de cada falange durante la siega y el acarreo de los capachos.

Los últimos tres mediodías, Demetrio, aquel hombrecillo huesudo y retorcido como raíz de aliso que hacía las veces de capataz y de cocinero, había llegado a repartirles la ración y la paga con la misma cantinela.

- ¿Y Ramiro? ¿No está Ramiro? 

- Por aquí no se le ha visto, Deme. 

- Atiende, tú: si veis a Ramiro, le mandáis a echarme cuentas. 

- Que sí, Deme, descuide.

Magdalena oía y comía en silencio, inmersa en su ración, despedazando con los dientes, poco comedida, aquello que le hubiesen repartido en el día. Sabía que Deme se fijaba en sus movimientos más de lo que parecía; bajo su frente jalonada por la viruela, el viejo mataba el tiempo tomando nota de los ratos empleados en comer y de las compañías y palabras gastadas por cada cual en el trigal. Aunque en los últimos días andaba más pendiente del paradero de su hijo, que no aparecía por ninguna parte. No estaba yendo a trabajar en esa semana, ni se estaba molestando en pasar por casa a explicarse. 

Siempre había sido un muchacho caprichoso. Se sabía que tenía al menos dos hijos por ahí, en las pedanías colindantes, de los que se había desentendido. En una ocasión, no hacía mucho, se había presentado la madre de uno de ellos con el niño envuelto en una toquilla raída. Demetrio había recorrido estupefacto cada milímetro de las facciones del bebé, que ya no andaría lejos del año, y hubo de contener el calor húmedo de las lágrimas al reconocer en aquellos rasgos los de su propio hijo. El viejo se había apresurado a entrarles en la casa, y les había dado tres pesetas de su lata. Pero esto enfureció a Ramiro, que al llegar les echó sin miramientos y sin inmutarse, tras arrebatarles bruscamente el dinero: <<¡Si te sobran las perras, mejor dámelas a mí, que para eso soy tu hijo!>>. 

Jamás en la vida se había sentido el capataz tan avergonzado. Muchas noches, al comprobar lastimoso que Ramiro le robaba de la lata, Demetrio se acostaba con la 4 sensación de no haber sabido educarlo. En los diez últimos años, las oraciones se habían vuelto más tristes y más sentidas, pidiendo perdón a quien se lo pudiera conceder. 

No era la primera vez que su hijo se marchaba sin avisar, pero nunca antes lo había hecho durante la cosecha, más por no perder ni un duro que por evitarle a su padre las excusas para el patrón. El asunto se le atravesó al viejo, y en su semblante empezaba a reflejársele el desasosiego. 

Para el resto del pueblo, la rutina, atada a las nubes y los astros del cielo, continuaba girando como muelas de molino. Lorenzo empezaba a azotar con fuerza los lomos de la interminable llanura castellana, engordando los granos del trigo y achicando el caudal del arroyo. El calor agradaba a Magdalena, que con él hallaba mayor facilidad para levantarse de madrugada; a partir del mediodía, el sudor que hacía perlar su frente y humedecía su cuerpo recién entrado en la pubertad, le parecía un precio justo. 

Ese domingo fue día de sol con nubes, de hermosas hogazas de pan con cecina y sopas de ajo en sus cenas al raso, junto a los gallegos. Incluso se animó a entonarles un romancillo viejo, el único que se sabía de cabo a rabo: << … cuando el rey don Rodrigo en la Cava se dormía, dentro de una rica tienda de oro muy bien guarnecida... Si duermes, rey don Rodrigo, despierta por cortesía, y verás tus gentes muertas y tu batalla rompida, y tus villas y ciudades destruidas en un día… >> 

Demetrio permanecía no muy lejos, con la mirada perdida y el gesto sombrío. La gente trataba de animarlo, pero él rechazaba toda pretensión de consuelo. Oía de fondo cantar a la muchacha, con igual pasividad que si zumbasen las abejas o graznasen las urracas.

Terminada, pues, la jornada, y ya de vuelta por las calles sin empedrar, se fijó Magdalena en que muchos vecinos estaban entrando en la escuela. El portón de madera estaba abierto de par en par, aunque el curso se había terminado; haciéndose a un lado, la maestra les recibía son una gran sonrisa, mientras transportaba al interior un gramófono. No ocultó su alegría al divisar a Magdalena, a quien invitó con gestos a acercarse. La niña todavía iba cargada con sus escasos aperos, estaba sucia y fatigada, pero la curiosidad fue casi tan convincente como el cansancio. Así, mirando al suelo, se toparon sus ojillos pardos con los zapatos que calzaba la maestra. Jamás había visto unos iguales: eran de color rojo oscuro, como el vino de uvas negras, brillantes y llamativos.

- Anda, pasa, ya verás cómo te gusta. Yo hablaré mañana con tu tía.

Unos zagales empezaron a tirar piedras, entre risas, profesando insultos cuyo significado, seguramente, ignoraban todavía. También hubo mofas hacia Magdalena (¡Fea, roñosa, Ojos de Espiga!), quien, del mismo modo que había visto hacer tantas veces a su tía, se sacó una de las abarcas y se la lanzó a los muchachos, que se fueron corriendo, aún entre risas.

- Discúlpeles, señorita, es que aquí tienen poco con lo que entretenerse.

Al trascender la noticia de la desaparición del hijo del capataz, empezaron a organizarse batidas para buscarlo por los alrededores. Comprobaron la ribera, cada pajar, cada almiar, cualquier pozo o grieta en el suelo por los que el joven pudiera haberse caído. Algunos, como el propio Demetrio, ampliaron la búsqueda y comenzaron a preguntar también por los pueblos vecinos, pero nada sacaron en claro. 

El viejo temía que a su hijo le hubiesen ajustado las cuentas en venganza por alguna de sus fechorías.

Los únicos hombres que no participaron en aquellas partidas fueron los agosteros, cuyos escasos ahorros dependían de cumplir puntualmente con sus jornadas. 

Recién se sobrepasaba la primera quincena de julio cuando, aventando en la era los montones de paja, apareció Ramiro. Lo pincharon sin querer con las horcas, pero a él eso ya no le importaba; su padre solo pudo reconocerlo por las ropas que llevaba. Ni sus pantalones de pana, ni aquel fajín oscuro y mal apañado, ni siquiera las botas le ajustaban ya en su cuerpo inerte, de lo mermado que estaba. Allí lo habían dejado, abandonado y oculto bajo la paja y las espigas granadas. Una corona y una capa de oro del terreno para el hijo del capataz.

Las sospechas que todos contenían entre sus sienes no tardaron en aflorar, liberadas al aire con un coraje incendiario que prendió feroz, y que se dirigió contra los trabajadores gallegos y de las aldeas vecinas, los únicos a los que ningún vecino conocía personalmente. Se dio parte al sargento, que llegó de nuevo para confirmar la muerte de Ramiro e interrogar a los trabajadores del campo. Poco se pudo aportar. Nadie había visto nada, pero todos señalaron a los forasteros.

Los agosteros dejaron de relacionarse con Magdalena, incluso algunos rechazaban las comidas del día y cogían solamente el dinero, recelosos de todos los habitantes del pueblo. Al otro día, el capataz les advirtió que no podría protegerles, que se desentendía de ellos. Algunos niños, los mismos que de cuando en cuando se entretenían en tirarle cantos o basuras a la maestra o al cabrero, les lanzaron excrementos desde los caminos. Por la noche, los amigos del difunto, animados por la 7 bebida, pegaron fuego al campo donde, con el único amparo de las mantas, trataban de descansar los gallegos. Y finalmente, la noche del diecisiete, tras apagar a duras penas las llamas, que lamieron en escasos diez minutos lo que Magdalena habría tardado todo un día en tronchar, los acusados se marcharon del pueblo para no volver. 

Su tía le había dicho que no saliera a los trigales, pero ¿qué otra cosa iba a hacer? La chiquilla pasó todo el día siguiente en casa, hasta que se hartaron de verla allí, y cuando acabó de faenar, dejaron que saliera a airearse a la calle. Ella lo hizo, como de costumbre, con la hoz y la alforja echadas al hombro.

Todo se le antojó diferente. La escuela, donde vivía la maestra, estaba cerrada a cal y canto. Unos cuantos se arremolinaban en la plazuela del royo, alrededor del señor Cosme, que era el secretario, y de su radio: la única que había en un par de kilómetros a la redonda. 

Finalmente, sus pasos la llevaron a donde se segaba; avanzaba sin pensar, buceando en su propio silencio, tan pesado, posándosele éste sobre la cabeza y en los hombros, y haciéndole arrastrar los pies. Esos pies tan pequeños, en las abarcas enormes. Una se le había rajado un poco, y parecía abrir la boca a cada paso, mostrándole con burla una sonrisa sin dientes.

El trigal la saludó, convaleciente, pero tan vivo y granado como cualquier otro día caluroso de julio. Magdalena se veía minúscula, estúpidamente plantada en medio de uno de los surcos. Esas, decían los agosteros, eran las heridas de la tierra. Ella pensó que, entonces, el cereal sólo podía ser la sangre. Los agricultores arañaban el suelo, para lamerle después las mismas llagas.

- ¡Magdalena! ¿Qué haces aquí tú sola? 

Era la maestra, impecablemente aviada, como siempre, pero brillante de sudor y con los zapatos sucios, cargados con la polvareda del suelo. No eran los zapatos de color granate; éstos eran marrones y más llanos. Llevaba dos bolsas grandes, de viaje, pero había dejado atrás casi todo lo de la escuela. Su proyector, su gramófono. Sus excursiones. Como toda respuesta, la niña se encogió de hombros. Tan sólo deseaba ser engullida por el latido del campo.

- Supongo que tú te preguntarás lo mismo, viéndome así, por el medio del cultivo… Pero es que ya no me siento segura aquí. Sé que no le gusto a mucha gente.

- A usted no la acusa nadie, señorita. 

- Esto no es solamente por lo de Ramiro, que en gloria esté. ¿Es que nadie te lo ha dicho? Estamos en guerra. Muchos militares se han levantado.

En la mente de Magdalena, muy pocas de aquellas palabras tomaban cuerpo en una idea clara. Pero la maestra se marchaba por los campos, para evitar veredas y carreteras más transitadas, y eso sí lo podía ver: estaba escapando. Muy pocas veces, en sus escasos trece años, había visto hacer tal cosa a alguno de sus paisanos.

- Aguarda un momento. - La maestra posó las dos bolsas en el suelo, y de una de ellas extrajo, atados entre sí por los cordones, los zapatitos color vino. Se los tendió. – Toma, para ti, que sé que te gustan. Pero que no te los quiten, ¿eh?

La niña los cogió, los miró ceñuda, y dio las gracias con mucha vergüenza. La maestra no se esperó a vérselos puestos; continuó avanzando en línea recta, tiesa como los juncos. Así, de lejos, con una maleta en cada brazo, se asemejaba a una balanza de las que usaba la tía de Magdalena para pesar la harina y la sal. La niña, por su parte, terminó de atarse los zapatos nuevos, ridículamente elegantes bajo su faldón tan basto. 

Esa era la eternidad para ellos, los habitantes del pueblo, y los de los pueblos vecinos, y también para los agosteros de lejos. Todos tenían la mente de trigo y cebada y de avena, todos temían más los azares de la lluvia y el granizo que a la propia peste. Esos campos eran sus padres y sus hijos. Pero ella, la niña, era huérfana y no tenía hermanos...

Nadie en el pueblo lo comprendería nunca. Esa supuesta guerra le era de verdad indiferente; la mención de la misma había pasado por sus oídos tan leve como un suspiro. Lo único que ocupaba lugar en su cabecilla y estrujaba su pequeño corazón era la culpa.

 Decidió que sólo le restaba la opción de seguir a aquella mujer extraña, que por alguna razón la apreciaba. Pues, si se quedaba, ¿cómo podría contar en casa que había sido ella, la insignificante Magdalena, la Ojos de Espiga, quien había segado con su hoz la vida de Ramiro en la era? Nadie escucharía la historia de cómo él se le acercó por detrás, de cómo la sujetó y trató violentamente de levantarle el faldón. Apenas podía revivir el instante en que, guiada por el instinto, se giró blandiendo la afilada herramienta y dejó abierta de par en par la garganta de aquel hombre. El humor encarnado y caliente borboteó mientras huía de aquel cuerpo para siempre, sin alcanzarla casi a ella, que era tan menuda. No quería explicar lo enclenque que se sintió al no ser capaz de arrastrar el cadáver más allá de unos metros, o al no saber cómo enterrarlo, para que Dios no se enfadase tanto con ella, y cómo decidió finalmente sepultarlo bajo la paja.

La hoz se quejó quedamente cuando la dejó caer.

Junto a ella, los zapatos granates, que ahora eran suyos, le recordaron aquella sangre sobre la tierra. 

Lucía Rodríguez González

Premio Castellano en el XXIX Certamen Literario María de Maeztu, en el 2025.

organizado por la Asamblea de Mujeres de Estella-Lizarra junto al Ayuntamiento de Estella-Lizarra.






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