alas en el corazón
Autora: Myriam Munárriz
Mi abuela lo decía: Cada familia tiene su
propia señal, la herencia que no todos comparten pero que siempre busca un
destinatario; si la sangre manda locura, habrá quien cargue con el estigma de
su apellido y nunca quien sea punto y final de la saga porque, años más años
menos, alguien recordará la carga que arrastra por sus venas.
Así hay familias de temperamento fuerte,
otras de vocación religiosa, las que tienen instintos asesinos o quienes se
conforman con ser espíritus tranquilos; bajas y altas, fuertes y débiles... y
la mía, lo decía la abuela, con alas en el corazón.
Su padre ya hablaba de una tía a la que el corazón alado se le voló asustado
hasta la boca cuando una puerta se cerró de golpe; y mi propia abuela, decía,
que ella había sido testigo de la muerte
de una hermana pequeña al la que el hermano mayor le gustaba lanzar por
los aires para después, y casi a punto de tocar suelo, cogerla entre sus brazos.
Pero la niña en uno de este viajes llegó al socorro ya muerta.
Y ahí está la mala suerte, que en cosas de
tripas para adentro, no se puede saber a quién le ha tocado cargar con la peculiaridad
de sus ancestros; otra cosa es que éstos hayan legado el ser rubios, morenos o
cejijuntos. Por eso mi abuela jamás nos hablaba de muertos, ni de fantasmas,y
cuando había tormenta, tal y como hiciera con sus hijos, cerraba ventanas y
puertas, nos ponía algodones en los oídos y comenzaba a rezar un rosario que
conforme los truenos se iban volviendo más y más broncos, ella terminaba a
gritos; eso sí, cuidando que no fueran de pronto, sino en un estudiado
crescendo.
Pero la abuela se hizo vieja, y el resto
fuimos creciendo y multiplicándonos tanto que ya no cabíamos bajo su sombra. Su
voz nos llegaba lejana a los más
jóvenes, y a los antiguos, aquello casi les provocaba risa. Y al final, lo
único que se admitió en la familia es que por nuestra sangre pululaban genes
azules que, a capricho, redondeaban un mar limpio mientras el resto se
conformaba con la tradición de unos ojos color castaña.
El antepenúltimo de los primos llegados era
de esos raros con mirada clara suspendida en un fondo desmedidamente amplio. Y
es que siempre tenía los párpados tan abiertos que yo pensaba que para dormir
su madre le tenía que estirar con fuerza de las pestañas.
Entonces fue cuando la abuela se sacudió los
años, desperezó su ya encogida figura y su sombra se alargó hasta el pequeño.
”Se parece tanto a mi hermana” murmuraba, ”no me dirás madre que los de los
ojos azules son los de corazones con alas” le replicaba con sorna su hija desde
el pedestal de una lógica que le regalaron en los años de universidad, ”no, no,
es el que los tenga así, tan abiertos...”, y la otra se reía al ver a a la anciana
alisando los pliegues acartonados de sus ojos chinos para imitar los cuencos
del nieto.
Y esa risa indiferente provocó que la abuela
se marchara a vivir con ellos, aunque estuviera incómoda entre los muebles
impersonales de tienda al por mayor de la habitación de invitados frente a su
cama, mesilla y comodín de tablas y
carpintero conocido. Pero peor fue para su nieto porque el pobrecito,
mientras los demás niños chapoteaban bajo el aguacero, se quedaba en el rincón
más oscuro, con algodones en los oídos y la vigía ornada de rosarios de la
abuela. Se ponía furiosa si alguien amenazaba al niño con el sacamantecas o
cerraban una puerta con estrépito. Y la hija, harta ya de las quejas del niño,
amenzaba a la abuela con mandarla de vuelta para su casa.
Fue en medio de un trifulca de éstas cuando
pasó todo. Madre e hija casi se rozaban las narices, y con el lomo encorvado,
parecían dos gatas dispuestas a arañarse la cara.
Cuando las vio el niño se puso a llorar. De
inmediato la abuela bajó la voz y pidió a su encorajinada hija que hiciera lo
propio, pero ésta, fuera de sí, gritó que todo eran sandeces y cuentos de
vieja.
-Lo vas a matar-Lloriqueaba la abuela
-Tu a mí sí que me vas a matar-Vociferaba la
otra.
-No tienes corazón.
-¡Lo tengo! ¡¡Pero sin esas malditas alas!!,
como él-y señaló a su hijo -como tu hermana y como esa dichosa tía.
-No sabes lo que dices
-¡Sí lo sé! ¡Lo sé! -Y se marchó para la
cocina, de donde volvió con una bolsa de plástico hinchada.La abuela aterrada
corrió a tapar los oídos de su nieto pero no llegaría a tiempo;en el cuarto
resonó estrepitosamente el plástico reventado por un palmetazo seco.
El niño y la abuela se fueron al suelo. La
madre se arrodilló junto a su hijo y lo zarandeó despacio, mirando con terror
sus carrillos abultados. De pronto su boquita se abrió dejando salir un suspiro
suave, abrió los enormes ojos y murmuró, ”qué susto”.
La madre, que reía a carcajadas, se volvió
inflada de orgullo y risas a mirar a la abuela. La vio con los ojos como soles
redondos y grandes y, junto a su boca abierta, un montoncito rojo de carne que
aún brincaba.
Comentarios
Publicar un comentario