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Premio 1997: Alas en el corazón.

 

alas en el corazón       

Autora: Myriam Munárriz

           

 

 

Mi abuela lo decía: Cada familia tiene su propia señal, la herencia que no todos comparten pero que siempre busca un destinatario; si la sangre manda locura, habrá quien cargue con el estigma de su apellido y nunca quien sea punto y final de la saga porque, años más años menos, alguien recordará la carga que arrastra por sus venas.

Así hay familias de temperamento fuerte, otras de vocación religiosa, las que tienen instintos asesinos o quienes se conforman con ser espíritus tranquilos; bajas y altas, fuertes y débiles... y la mía, lo decía la abuela, con alas en el corazón.

Su padre ya hablaba de una tía  a la que el corazón alado se le voló asustado hasta la boca cuando una puerta se cerró de golpe; y mi propia abuela, decía, que ella había sido testigo de la muerte  de una hermana pequeña al la que el hermano mayor le gustaba lanzar por los aires para después, y casi a punto de tocar suelo, cogerla entre sus brazos. Pero la niña en uno de este viajes llegó al socorro ya muerta.

Y ahí está la mala suerte, que en cosas de tripas para adentro, no se puede saber a quién le ha tocado cargar con la peculiaridad de sus ancestros; otra cosa es que éstos hayan legado el ser rubios, morenos o cejijuntos. Por eso mi abuela jamás nos hablaba de muertos, ni de fantasmas,y cuando había tormenta, tal y como hiciera con sus hijos, cerraba ventanas y puertas, nos ponía algodones en los oídos y comenzaba a rezar un rosario que conforme los truenos se iban volviendo más y más broncos, ella terminaba a gritos; eso sí, cuidando que no fueran de pronto, sino en un estudiado crescendo.

Pero la abuela se hizo vieja, y el resto fuimos creciendo y multiplicándonos tanto que ya no cabíamos bajo su sombra. Su voz nos llegaba lejana  a los más jóvenes, y a los antiguos, aquello casi les provocaba risa. Y al final, lo único que se admitió en la familia es que por nuestra sangre pululaban genes azules que, a capricho, redondeaban un mar limpio mientras el resto se conformaba con la tradición de unos ojos color castaña.

El antepenúltimo de los primos llegados era de esos raros con mirada clara suspendida en un fondo desmedidamente amplio. Y es que siempre tenía los párpados tan abiertos que yo pensaba que para dormir su madre le tenía que estirar con fuerza de las pestañas.

Entonces fue cuando la abuela se sacudió los años, desperezó su ya encogida figura y su sombra se alargó hasta el pequeño. ”Se parece tanto a mi hermana” murmuraba, ”no me dirás madre que los de los ojos azules son los de corazones con alas” le replicaba con sorna su hija desde el pedestal de una lógica que le regalaron en los años de universidad, ”no, no, es el que los tenga así, tan abiertos...”, y la otra se reía al ver a a la anciana alisando los pliegues acartonados de sus ojos chinos para imitar los cuencos del nieto.

Y esa risa indiferente provocó que la abuela se marchara a vivir con ellos, aunque estuviera incómoda entre los muebles impersonales de tienda al por mayor de la habitación de invitados frente a su cama, mesilla y comodín de tablas y  carpintero conocido. Pero peor fue para su nieto porque el pobrecito, mientras los demás niños chapoteaban bajo el aguacero, se quedaba en el rincón más oscuro, con algodones en los oídos y la vigía ornada de rosarios de la abuela. Se ponía furiosa si alguien amenazaba al niño con el sacamantecas o cerraban una puerta con estrépito. Y la hija, harta ya de las quejas del niño, amenzaba a la abuela con mandarla de vuelta para su casa.

Fue en medio de un trifulca de éstas cuando pasó todo. Madre e hija casi se rozaban las narices, y con el lomo encorvado, parecían dos gatas dispuestas a arañarse la cara.

Cuando las vio el niño se puso a llorar. De inmediato la abuela bajó la voz y pidió a su encorajinada hija que hiciera lo propio, pero ésta, fuera de sí, gritó que todo eran sandeces y cuentos de vieja.

-Lo vas a matar-Lloriqueaba la abuela

-Tu a mí sí que me vas a matar-Vociferaba la otra.

-No tienes corazón.

-¡Lo tengo! ¡¡Pero sin esas malditas alas!!, como él-y señaló a su hijo -como tu hermana y como esa dichosa tía.

-No sabes lo que dices

-¡Sí lo sé! ¡Lo sé! -Y se marchó para la cocina, de donde volvió con una bolsa de plástico hinchada.La abuela aterrada corrió a tapar los oídos de su nieto pero no llegaría a tiempo;en el cuarto resonó estrepitosamente el plástico reventado por un palmetazo seco.

El niño y la abuela se fueron al suelo. La madre se arrodilló junto a su hijo y lo zarandeó despacio, mirando con terror sus carrillos abultados. De pronto su boquita se abrió dejando salir un suspiro suave, abrió los enormes ojos y murmuró, ”qué susto”.

La madre, que reía a carcajadas, se volvió inflada de orgullo y risas a mirar a la abuela. La vio con los ojos como soles redondos y grandes y, junto a su boca abierta, un montoncito rojo de carne que aún brincaba.

 

 

 

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